Una isla para quedarse.
Creta es tan grande que no hace falta otra isla. El viaje empieza en Chania, con su puerto veneciano, sus calles de comercios y los pueblos de las montañas Blancas a menos de una hora, donde se come cordero, quesos de la isla y verduras del campo con aceite de los olivos de al lado.
Un día se baja a pie la garganta de Samaria, dieciséis kilómetros entre paredes de roca hasta el mar. Al final no hay carretera: un barco lleva a Loutro, un pueblo de la costa sur sin coches, para dormir dos noches. El viaje termina en Heraklion, con el palacio de Cnosos y su museo.
Lo que se come en la isla.
En Creta casi todo lo que llega a la mesa sale de la isla: el aceite, el queso graviera, la miel de tomillo, las hierbas del monte que se recogen en primavera. En los pueblos, la comida termina con un vasito de raki que sirve la casa. Por eso en este viaje las comidas se planean tanto como las caminatas.
Dieciséis kilómetros hasta el mar.
La garganta de Samaria baja desde la meseta de Omalos hasta Agia Roumeli, en el mar de Libia. En su parte más estrecha, las paredes casi se tocan. La bajada es una jornada exigente. Su temporada suele ir de mayo a octubre, con apertura sujeta al estado del parque.
Lo práctico
- Samaria y Loutro
- La caminata se realiza solo con el parque abierto. Se coordina el barco desde Agia Roumeli hacia Loutro, el equipaje y la devolución del auto antes de entrar a la costa sin carretera. Si el acceso cierra, se replantea esa jornada sin prometer el descenso.
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