La aurora no tiene horario.
Para ver auroras hacen falta tres cosas a la vez, que haya actividad, que el cielo esté despejado y que no haya luces cerca. Nada de eso se puede prometer para una noche concreta. Lo que sí se puede elegir es dónde se duerme. En Reikiavik hay que salir a buscarla en coche o en autobús; en un hotel en el campo basta con salir a la puerta cuando alguien avisa.
Por eso este viaje deja la ciudad pronto y pasa seis de sus ocho noches en el campo, de dos en dos, para tener varias oportunidades en lugares distintos. De día, el invierno trae otra cosa que el verano no tiene, las cuevas de hielo dentro del glaciar Vatnajökull, cuyas visitas guiadas se programan según la estabilidad del hielo.
Cuatro o cinco horas de luz.
En diciembre el sol sale cerca de las once y se pone antes de las cuatro, así que los trayectos se planean cortos y de día. De Reikiavik al Círculo Dorado, a Vík y a Jökulsárlón, los tiempos dependen de la base exacta y del estado de la carretera. La luz baja dura casi todo el día, y Þingvellir, Gullfoss o las cascadas del sur se ven con un sol que no termina de subir.
Hielo azul bajo el glaciar.
El agua de deshielo abre cavidades y pasajes dentro del glaciar, que cambian con el tiempo. Se entra con un guía que revisa cuáles son seguras esa semana, con casco y crampones. El color azul viene del hielo comprimido durante siglos, con pocas burbujas de aire.
Lo práctico
- La carretera de vuelta
- De Jökulsárlón a la zona de Keflavík hay una jornada larga de carretera. La última noche queda en el oeste y no se une ese traslado con el vuelo internacional. El estado de la ruta puede exigir cambios o más margen.
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