Dos horas de vuelo, otro mundo.
El viaje empieza en Lisboa, con cuatro noches para sus colinas, el tranvía, el pastel de nata en Belém y las tardes en un mirador sobre el Tajo. Después, un vuelo de menos de dos horas cruza al sur, y al bajar en Marrakech cambia todo, el idioma, el ritmo de la calle y el olor del aire.
En Marrakech se duerme dentro de la medina, en un riad, una casa con patio que por fuera es solo una puerta en un callejón. Y para terminar, el viaje va a Essaouira, a unas tres horas, un puerto amurallado frente al Atlántico, más tranquilo y con viento. Los dos países miran al mismo océano, desde orillas muy distintas.
Una ciudad que se sube.
Lisboa está sobre colinas, y cada barrio tiene su mirador. Desde el de Santa Luzia se ven los tejados de la Alfama bajando al río, y desde el de São Pedro de Alcântara, el castillo del otro lado. El tranvía y los autobuses ayudan a enlazar los barrios. Los elevadores históricos forman parte de esas calles, aunque su operación debe revisarse para las fechas del viaje.
La plaza que cambia con la luz.
En el día, Jemaa el-Fna es una plaza abierta con puestos de jugo de naranja. Al caer la tarde se arman las cocinas, sube el humo de los asadores y llegan los músicos y los cuentacuentos, y la plaza se llena hasta la noche. Se ve desde la terraza de un café, y después se baja a cenar entre los puestos.
Lo práctico
- Las conexiones
- Se confirma el vuelo entre Lisboa y Marrakech y los requisitos de entrada a Marruecos. Los ascensores históricos de Lisboa tienen suspensiones de servicio; no se incluyen como transporte asegurado.
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