Guanajuato y San Miguel de Allende
Cinco noches entre Guanajuato y San Miguel, con dos noches en la primera ciudad y tres en la segunda.
Dos ciudades con noches propias.
Guanajuato crece en las laderas. Un callejón se vuelve escalera y, desde el mirador del Pípila, los techos de colores rodean la cúpula de la basílica. Dos noches en el centro dejan tiempo para esas subidas y para seguir una callejoneada al anochecer. En San Miguel, tres noches permiten alternar los paseos con una comida larga, volver a un patio y ver la parroquia a distintas horas.
Entre una y otra hay poco más de una hora de carretera, con una parada en Atotonilco. Si viajas en octubre, el Cervantino llena Guanajuato de teatro y música en la calle, y conviene reservar con meses.
Detrás de la estudiantina.
Al anochecer, frente al Teatro Juárez, una estudiantina vestida con capas y bombachos empieza a cantar, y la gente la sigue por los callejones. En cada parada cuentan una leyenda, como la del callejón del Beso, donde los balcones de dos casas casi se tocan. Al día siguiente, la mina de La Valenciana enseña el otro lado de la ciudad, el de la riqueza minera que transformó sus edificios.
La parroquia cambia de color.
La parroquia de San Miguel es de cantera rosa, y a lo largo del día cambia con la luz. En la mañana se ve casi gris, al atardecer se enciende. Desde una terraza del centro se mira mientras baja el sol, sin ningún plan para después. A media hora, el santuario de Atotonilco tiene los muros y los techos cubiertos de pinturas, y por eso le dicen la Capilla Sixtina de México.
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