El rojo sale de un insecto.
En un patio de Teotitlán del Valle, la tejedora aplasta un poco de grana cochinilla en la palma de la mano y aparece un rojo intenso. Con unas gotas de limón se vuelve naranja. El amarillo sale del pericón y el azul del añil, y las madejas teñidas se secan al sol junto al telar. Durante el virreinato, la grana fue uno de los productos más caros que salían de Oaxaca hacia Europa.
Entre un pueblo y otro.
En San Bartolo Coyotepec, la alfarera pule la vasija con una piedra de cuarzo antes de meterla al horno, y de ahí sale el brillo del barro negro. En San Martín Tilcajete los alebrijes se secan en la mesa del taller, recién pintados con puntos y líneas. En Mitla, los muros están cubiertos de grecas hechas con miles de piedras ensambladas sin mezcla, y los mismos dibujos vuelven a aparecer en los tapetes de Teotitlán.
Una noche en el pueblo.
Una noche en Teotitlán deja tiempo para el mercado y la plaza, además del taller. En muchas casas, el telar ocupa el patio y el trabajo se reparte entre preparar la lana, teñirla y tejer. La visita se acuerda con quienes nos reciben, para conocer el proceso al que estén dedicados ese día.
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