Menos plan cada día.
Se llega a Lisboa y se le dan tres noches, para sus colinas y sus miradores. Después, a poco más de una hora al sur, empieza la costa del Alentejo. Comporta es un pueblo de casas bajas entre arrozales, pinos y dunas, con playas de arena clara que siguen kilómetros sin un edificio, y es la parte del viaje donde no se planea casi nada.
De la costa el viaje va tierra adentro. Évora, con su templo romano en lo alto de la ciudad, queda de camino, y las dos últimas noches son en Monsaraz, un pueblo blanco y amurallado sobre una colina, frente al lago de Alqueva. Se regresa a Lisboa en unas dos horas para volar a casa.
El muelle de los palafitos.
En Carrasqueira, junto a Comporta, los pescadores construyeron un muelle de tablas sobre pilotes que se mete en el estuario, con pasillos torcidos que llevan a cada barca. Se camina por él en marea baja, viendo las barcas apoyadas en el lodo. Alrededor, en los arrozales, anidan las cigüeñas en los postes, y en la tarde se pedalea entre ellos de regreso a la playa.
El cielo del lago de Alqueva.
Monsaraz reúne calles de piedra dentro de una muralla, con un castillo en la punta y la vista abierta sobre el lago. Alrededor casi no hay luces, y la zona está certificada como reserva de cielo oscuro. En la noche, desde la muralla o en el observatorio cercano, en noches despejadas y sin mucha luna se distingue la Vía Láctea.
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