Dormir fuera de las ciudades.
El viaje empieza en Lisboa, con cuatro noches para subir y bajar sus colinas, en el tranvía o a pie, y un día en Sintra, a cuarenta minutos en tren, con sus palacios entre el bosque. Después, el tren a Oporto tarda unas tres horas, y la ciudad cambia de tono. Es más de piedra, de puentes de hierro y de bodegas en la orilla de enfrente, en Vila Nova de Gaia.
Las dos últimas noches se quedan en el Duero. El tren de la línea del Duero sube junto al río durante unas dos horas y media hasta Pinhão, y las dos últimas noches son en una quinta, entre viñedos en terrazas que bajan hasta el agua.
El vino de la orilla de enfrente.
El vino de Oporto se hace en el valle, pero durante siglos bajó por el río en barcos de vela para envejecer en las bodegas de Vila Nova de Gaia, frente a la ciudad. Se cruza a pie por el piso de arriba del puente Dom Luís I, se entra a una bodega a probar los tawny de muchos años, y se regresa con la ciudad iluminada sobre el río.
La quinta y sus terrazas.
Las terrazas del Duero se construyeron a mano, piedra por piedra, en laderas donde casi no hay tierra, y el paisaje es patrimonio de la UNESCO. En una quinta se duerme entre los viñedos, se camina por ellos en la mañana y se come con el vino que se hace ahí. Durante la vendimia, entre finales del verano y el inicio del otoño, se ve cómo se corta la uva y, en algunas quintas, cómo se pisa.
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