Bajar a la selva.
De San Cristóbal a Palenque hay unas cinco horas de curvas, y en ese camino la ropa cambia. Se sale con suéter y se llega a la selva con la camisa pegada a la espalda. Lo hacemos de día, con chofer, y con una parada a medio camino en Toniná, una ciudad maya construida en terrazas sobre un cerro.
Muchos viajes le dan a Palenque una tarde. Le damos tres noches, para entrar a la zona arqueológica cuando abre y dejar las cascadas para los días siguientes, cada una con su tiempo. Al final se vuela desde Palenque o desde Villahermosa, sin regresar por la sierra.
Antes del calor.
A primera hora, el calor aún permite detenerse frente a los edificios. A veces los saraguatos se oyen desde la selva antes de alcanzar a verlos. El Templo de las Inscripciones guarda la tumba de Pakal, encontrada en 1952 al final de una escalera escondida bajo el piso. Detrás de los edificios principales, un sendero baja por la selva entre cascadas pequeñas y templos que siguen cubiertos de raíces. La visita enlaza la arquitectura con la selva que todavía cubre parte de la ciudad.
Detrás del agua.
En Misol-Ha el agua cae de unos treinta metros, y un sendero pasa por detrás de la cortina, entre la roca y el agua. Agua Azul es otra cosa, una escalera de pozas que bajan por el río, de un turquesa que se ve mejor en temporada seca. Se pueden visitar por separado, con tiempo para meterse al agua donde se puede.
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