Cuando se inauguró, en el año 80, el público veía la arena y nada más. Unos años después, con Domiciano, se construyó debajo un sótano de dos niveles, con jaulas y montacargas de madera que subían animales y escenografía hasta el centro del espectáculo. Hoy parte de ese piso está abierto, así que desde las gradas ves justo lo que ningún espectador romano llegó a ver.
Enfrente de la estación, el Gran Canal.
Bajas del tren en Santa Lucia, cruzas el vestíbulo y sales a la escalinata con la maleta todavía en la mano. Enfrente, donde esperabas una calle, está el Gran Canal. Un vaporetto se arrima al muelle y en la otra orilla se asoma una iglesia de cúpula verde. Antes de buscar cómo llegar al hotel te quedas un momento mirando, con el agua ya en la puerta de la estación.
Venecia es la última parada de un viaje que empezó en Roma. Allí entraste al Panteón desde una plaza llena de cafés y, ya bajo la cúpula, levantaste la vista hacia un hueco abierto al cielo. Unos días después, en Florencia, la cúpula del Duomo se te aparecía por encima de los techos cada vez que una calle del centro se abría un poco.
Las tres ciudades se unen en tren, con diez noches repartidas entre ellas, y en el último tramo hay una parada que amplía el viaje más allá de las tres ciudades. Es Padua, muy cerca de Venecia, donde Giotto pintó una capilla entera. Bajarse ahí una tarde es la forma de llegar a Venecia con algo que no venía en la lista.
El Coliseo y la cúpula del Duomo.
Desde la calle es la silueta que domina Florencia, y al subir ves que por dentro son dos. Brunelleschi la terminó en 1436 sin un armazón de madera que sostuviera la bóveda mientras la construían, y la escalera de 463 escalones pasa entre las dos capas. En algunos tramos la curva del muro te queda tan cerca que la vas siguiendo con el hombro.
La lluvia en el Panteón y las góndolas fuera del agua.
Panteón · Roma
Tiene casi 1,900 años y su cúpula sigue siendo la más grande del mundo hecha de concreto sin refuerzo. En el centro hay un hueco de nueve metros sin cristal, por donde la luz va moviéndose por el interior a lo largo del día. Por ese mismo hueco entra la lluvia, que cae al piso y se va por pequeños drenajes.
San Trovaso · Venecia
Después de días viendo góndolas en el agua, en Dorsoduro te las encuentras volteadas en el patio de un taller de madera del siglo XVII. Es el squero de San Trovaso, uno de los astilleros que siguen trabajando en Venecia, y se mira desde la orilla de enfrente, al otro lado de un canal mucho más estrecho que el que te recibió en Santa Lucia.
Quince minutos con Giotto.
En Padua, Giotto cubrió de arriba abajo el interior de la Capilla de los Scrovegni con la vida de María y de Cristo. Las escenas suben por las paredes hasta un techo azul lleno de estrellas doradas, y aunque las pintó hace más de setecientos años, los gestos de sus personajes se entienden desde abajo sin que nadie te los explique.
Por eso la visita se cuida tanto. Antes de entrar esperas unos minutos en una sala que estabiliza el aire que traes de la calle, y después tienes quince minutos adentro. La hora reservada ordena la tarde, y el resto queda para Padua antes de tomar el tren a Venecia.
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