Maximiliano y Carlota lo mandaron construir entre 1856 y 1860, con habitaciones que se asoman al golfo y un parque que baja hasta el mar. Desde su pequeño puerto zarparon hacia México el 14 de abril de 1864, a bordo de la Novara, y estando ahí es difícil no pensar en el otro castillo, el de Chapultepec, donde terminaron viviendo.
De la barra al puerto.
En Trieste, el primer café del día ya te pide aprender otro idioma. Un espresso se pide como un nero, si lo quieres con leche es un capo, y si lo pides in b te lo sirven en vaso. Lo tomas de pie en la barra, como todos, y sigues hasta el escaparate de la siguiente librería, que en esta ciudad nunca queda lejos.
Esa costumbre llegó por el puerto. Trieste recibe café desde el siglo XVIII, cuando era la salida al mar de los Habsburgo, y por eso las calles del centro, con sus edificios austriacos, acaban abriéndose al Adriático en Piazza Unità.
Si desde ahí sigues la costa unos kilómetros, aparece un castillo blanco sobre el agua. Es Miramare, y la historia que empieza en sus habitaciones termina en México.
Miramare y Piazza Unità.
Su lado más largo da directamente al golfo, sin nada en medio. En uno de sus palacios estaba el Lloyd Austriaco, la compañía de navegación que desde aquí mandaba barcos hacia el Mediterráneo oriental y Asia, así que la plaza donde hoy te detienes a ver el agua fue, durante décadas, el lugar donde se decidían las rutas.
La librería de Saba y las mesas del San Marco.
Librería Umberto Saba
En 1919, el poeta Umberto Saba compró una librería de libros antiguos que ya funcionaba en Via San Nicolò, y ahí vendió libros durante años mientras escribía los suyos. El local sigue en la misma calle, con libros apilados entre los estantes y la puerta abierta a la banqueta.
Antico Caffè San Marco
A unas cuadras, el San Marco abrió en 1914 y tiene una librería adentro. Así que el libro que acabas de comprar pasa de la bolsa a una mesa de mármol, y el café llega mientras buscas la página donde te quedaste.
Un muelle hacia el Adriático.
Frente a Piazza Unità, el Molo Audace entra unos 200 metros en el golfo. Se construyó a mediados del siglo XVIII sobre el casco hundido de un barco, el San Carlo, y desde 1922 lleva el nombre del primer buque de la marina italiana que llegó a Trieste, en noviembre de 1918.
Hoy casi no atracan barcos, así que el muelle se volvió el paseo de la ciudad. Llegas hasta la punta con Trieste a la espalda, y en otoño, al atardecer, las fachadas de la orilla se ponen rojizas. Cuando sopla la bora, el viento del noreste, en el extremo cuesta mantenerse de pie.
¿Qué te atrae más de Trieste, los cafés, los libros o lo que la une con México?
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