
Desde el pasillo elevado de la estación se ve el cruce entero. A unas calles, el movimiento continúa entre izakayas, tiendas de discos y edificios cubiertos de letreros que llegan hasta el último piso.

Cuando cambia a verde, cientos de personas cruzan a la vez desde todas las esquinas, contigo en medio. La otra imagen conocida está en Kioto, donde los arcos rojos de Fushimi Inari se adentran en el monte mucho más allá de donde suele terminar la foto.
Y entre una visita y otra, el viaje lleva a los bares de los pisos altos de Shibuya, con la carta pegada junto al elevador, a las tiendas de Yanaka Ginza, donde los vecinos hacen sus compras, y a la orilla del Kamo cuando se pone el sol.
El recorrido suma diez noches, cuatro en Tokio, una en Hakone y cinco en Kioto.

Desde el pasillo elevado de la estación se ve el cruce entero. A unas calles, el movimiento continúa entre izakayas, tiendas de discos y edificios cubiertos de letreros que llegan hasta el último piso.

Los torii se extienden por el monte Inari en un circuito de unos cuatro kilómetros. Cada uno es una donación de una persona o empresa para pedir prosperidad o agradecer un deseo cumplido. En la parte posterior lleva el nombre del donante y la fecha. Al pie del monte suele concentrarse la gente; a media subida, en el cruce de Yotsutsuji, la vista se abre sobre Kioto y suele haber menos gente.

Yanaka es Tokio a otra escala. El barrio sufrió menos daños que buena parte de la ciudad durante el terremoto de 1923 y los bombardeos de 1945. Por eso conserva templos, casas bajas y la calle comercial Yanaka Ginza. También se le conoce como el barrio de los gatos, que duermen en los escalones de las tiendas y cruzan entre las bicicletas de los vecinos.
En Kioto, la escena cambia al caer la tarde. A unos pasos de Pontocho, la orilla del Kamo se llena de gente sentada mirando el agua. En los meses de calor, los restaurantes instalan junto al río las terrazas elevadas de madera llamadas noryo-yuka, donde se cena con el agua corriendo abajo.
Entre Tokio y Kioto, la ruta se detiene una noche en Hakone, y después de varios días de ciudad la tarde es para quedarse en el ryokan.
Te reciben con té, te pones la yukata y, antes de cenar, hay tiempo para el baño termal, con el agua caliente y el aire frío de la montaña en la cara. Después llega la cena, plato tras plato, en la habitación o en un comedor, según el ryokan.
Cuando vuelves a la habitación, la mesa ya no está. Mientras cenabas, prepararon los futones sobre el tatami. Otros ryokan tienen camas y baños privados frente a las montañas. La elección también cambia la forma de pasar esa noche.

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