Antes de la bomba atómica, el edificio que hoy conocemos como el Domo de Hiroshima era un salón de exposiciones de la prefectura, diseñado por el arquitecto checo Jan Letzel e inaugurado en 1915. El 6 de agosto de 1945, la bomba explotó muy cerca de él y dejó en pie parte de sus muros y la estructura metálica de la cúpula. Mientras Hiroshima comenzaba a reconstruirse, surgió una discusión sobre qué hacer con esas ruinas. Para algunos sobrevivientes eran un recuerdo demasiado doloroso, y otros creían que debían permanecer como testimonio de lo ocurrido.
Hiroko Kajiyama tenía apenas un año cuando cayó la bomba. Murió de leucemia en 1960, a los dieciséis, y en su diario se preguntaba si solo ese edificio, tan doloroso de ver, seguiría hablándole al mundo de la bomba para siempre. Sus palabras se leyeron en una reunión y ayudaron a impulsar una campaña de firmas encabezada por jóvenes. En 1966, el ayuntamiento decidió mantener el edificio y desde entonces se han realizado distintas obras para reforzar su estructura y reparar los daños del tiempo sin borrar las huellas del bombardeo.
La historia de los tranvías de Hiroshima cuenta otra parte de aquellos días. Apenas tres días después de la bomba, algunos volvieron a circular por las calles. Dos vehículos que sobrevivieron al ataque, los números 651 y 652, todavía salen a prestar servicio en determinadas ocasiones. Fueron construidos en 1942 y siguen cumpliendo la función para la que fueron hechos.